10 de marzo de 2014

Primavera (I)

Que Ian dejó de ducharse con agua caliente cuando dejó la marina.
En lugar de eso agua helada. Siempre agua helada. Había leído hacía tiempo, en alguna parte, que el agua helada servía para mantener activos los músculos y los músculos de un marine tenían que estar activos. Aunque fuese con agua fría.
Un día casi se abrió la cabeza por culpa de esa maldita costumbre. Se echaba contra los azulejos y dejaba el agua fría caer sobre él (con los ojos cerrados que si no uh, si no trampa). Entonces el agua fría clavaba demasiado y ese día él no había comido mucho (llevaba días sin comer porque quería sentir el hambre de la guerra. Porque era un estúpido) así que el agua fría dijo "Se acabó, Ian, ha sido bonito mientras duró" e Ian se tambaleó y la alfombrilla se escurrió. Pero Ian no se murió (eso habría sido muy fácil, muy patético. Muy Ian). Se agarró al grifo de acero oxidado y se quedó unos segundos allí, tratando de no morirse.
"Podría hablarle a Delilah de esto" fue lo único que pensó, "Seguramente se reiría".

18 de febrero de 2014

Úlceras

He descubierto un nuevo pasatiempo.
Abro una botella de jarabe y meto dos pastillas efervescentes y agito y agito y luego la jeringuilla y la lleno una, dos, tres veces y luego trago y trago y cierro la botella de jarabe y abro la de vodka barato pero eh, sólo mojar los labios porque no quiero un coma. Y cierro las botellas y me tiro en el sofá, bocabajo como en las pelis porno pero sin el culo en pompa porque no me gusta la grasa que sobresale y nunca me ha gustado y no creo que nunca me guste aunque la grima y el asco, ah, ellos ahora están bien.
Últimamente repito más de lo normal que no quiero una sobredosis porque la gente me mira extraño y tengo que asegurarme de que no se creen que me quiero matar porque matarse no es una opción.
He descubierto que llenar un cenicero de colillas gastadas no está mal y que necesito exactamente veintisiete cigarrillos en dos días para quedarme afónica (y que eso es muy muy caro), pero que todo el mundo piensa que es por el resfriado que no tengo.
Hace mucho que no como.
Intento comer.
Empujar la comida garganta abajo es una opción y una opción muy válida, además.
El otro día fui al hospital a visitar a la gente. S. sigue allí. Estaba claro que no le iban a dar el alta y era algo que él y yo sabíamos, que se iba a pudrir allí. S. se alegró mucho de verme y estuvimos charlando y yo no podía dejar de mirar cómo los pómulos se le resaltaban igual que siempre y los huesos de los hombros parecían estar a punto de clavarse en mis ojos. Me pidió que le tocase el piano pero se nos hizo tarde y no pudo salir de su cuarto (y no me sé nuevas canciones).
S. se va a pudrir en el hospital y me miró a los ojos porque los dos lo sabíamos.
"Y tú también."
Y yo también.
Pero yo estoy fuera y no creo que esté bien estar fuera.

15 de febrero de 2014

Nunca hubo ningún monstruo

El monstruo era informe.
Ni deforme ni conforme, sólo informe.
El monstruo estaba allí la primera vez que me asomé y seguía estando la segunda pero, ah, a la tercera se había ido —y sigo esperando que vuelva—.
El monstruo tenía hambre y se fue.
No teníamos sangre para alimentarlo y se fue.
Mijs siempre decía que hasta los monstruos huirían de un sitio así.
“Demasiados huesos. Demasiados pocos huesos. Y de pronto uno se encuentra atado a esa cama en esa habitación blanca con esa canción en la cabeza. Menuda mierda, qué mierda. Maldita mierda.”
El monstruo me gustaba.
La primera vez tuve miedo, pero me quedé mirando.
La segunda vez inspiré hondo, deseando encontrarlo. Cuando lo vi me sostuvo la mirada y le hablé.
La tercera vez lloré porque se había ido. Mientras lloraba traté de buscarlo entre las sombras.
Me pregunté por qué el monstruo se había ido. Porque yo sí tenía sangre. Me quedaba sangre y carne y trozos de tripas y riñones que lanzarle como a un perro callejero. Tenía lo que necesitaba. Yo podía dárselo.
Le pregunté a Mijs otra vez por qué se había ido.
“No te queda sangre que darle. Demasiado blanco. Demasiado blanco. Vuelve a tu cuarto.”
Mijs era horrible y siempre hablaba balbuceando y siempre me decía que nada tenía sentido hasta cuando lo tenía.
Mijs era más odioso que el monstruo.
El monstruo era bello.
El monstruo era maravilloso.
Era informe y maravilloso.
Me abracé las rodillas y lo esperé toda la vida debajo de la cama.
El monstruo era infinito.


—Nota de Nadia sobre el cadáver de Mijs.

6 de febrero de 2014

El Mijs de antes lo habría entendido

Bastian tenía la radio encendida cuando entré en la caravana. Estaba tumbado boca arriba en su litera, con las manos cruzadas en el pecho, como si se creyese Jesucristo o algo así.
—Buenas —saludé.
—Buenas —contestó.
Me senté en la encimera de la cocina y empecé a pegar mordiscos a la manzana.
Durante un buen rato lo único que se escucharon fueron mordiscos y la música de la radio muy muy baja, con ese ruido de fondo que siempre hay en las radios.
Cuando presté atención a la música me di cuenta de que no la había oído en mi vida.
También me di cuenta de que nunca había visto a Bastian escuchando música.
—¿Qué escuchas?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Creo que es un tío polaco.
Me sorprendí.
—No sabía que hablases polaco.
—No lo hablo.
—¿Y escuchas a un cantante polaco?
—Sí.
—Lógico —ironicé.
Seguí comiendo. Masticar empezaba a convertirse en un proceso no demasiado doloroso y los dientes comenzaban a tomar conciencia de sí mismos.
Bastian se tomó un tiempo para sí mismo antes de volver a hablar.
—Espero no aprender polaco nunca.
—¿Y eso?
—Porque entonces entendería la letra.
—A la gente le suelen gustar esas cosas.
—A mí no.
—A mí sí.
—¿Por qué?
—Porque la letra es importante en una canción.
—¿Por qué?
—Yo qué sé, Bast, porque lo es.
—A mí no me lo parece.
Tragar sí que dolía.
—Es tu opinión —concedí, zanjando el tema.
—Antes escuchaba música en francés —confesó—. Pero entonces empecé a comprender lo que significaban las palabras por las veces que se repetían y el tono de las voces, así que tuve que dejar de escuchar música en francés.
—¿Por qué polaco de todos modos?
—Decían que era el idioma más complicado de aprender.
—Y no lo quieres aprender.
—Rezo para no hacerlo.
—Tú nunca rezas —le espeté.
—Para esto sí.

28 de enero de 2014

Primavera (IV)

¿Pero qué sabía Delilah de tigres, después de todo? Ella no había visto dedos congelarse en la Antártida, ni había disparado (y sus balas definitivamente no se habían desviado hacia la cabeza de ningún niño), tampoco se había casado y su pareja había muerto. Tampoco estaba enferma. No físicamente. Ian se preguntaba qué podía saber de tigres alguien así. Alguien tan... ¿común?
Pero Delilah lo sabía todo sobre los tigres.
(Sabía mucho más que él porque).
—¿Qué sabes tú de tigres, después de todo? —le espetó.
Y ella frunció sus finos finos labios hasta que no quedaron labios finos ni gruesos ni de colores cálidos.
—Sé cómo domarlos.
E Ian pensó «Ah, eso sabe ella de tigres» y apoyó la cabeza contra su pecho y se durmió contando sus respiraciones.
El cabello de Ian se estaba quedando demasiado largo —desde que dejó la Marina decidió que nunca se lo volvería a cortar— y Delilah pensó que así le quedaba muy bien pero que Ian seguro que todavía no se estaba acostumbrando a él.
Los tigres no tenían melena después de todo.
Quizás Ian era un león y por eso se afanaba tanto en enfrentarlos.
¿Y si Ian era un león?
Delilah suspiró y acarició sus mechones. Mechones de león. Le susurró al oído un «Ruge» y luego siguió acariciando. Sus latidos parecían calmarlo pero.
¿Y si era un león cómo podía estar tranquila a su lado? ¿Acaso era ella una leona? ¿Acaso?
Delilah era un tigre más.
Ella lo sabía. También Ian. Y el viejo Ken estaba seguro de ello —lo había estado desde el momento en el que la vio entrar en el edificio con su mirada de “no, no, todo bien, encantada, muy encantada” y su vocecita de señorita remilgada. Y había pensado —para sí, como siempre, porque nadie lo escuchaba—: «Pobre chico. Pobre Ian —no marine—. Menudo tigre acaba de meterse en casa». Pero no pasaba nada. Todo estaba bien.

Porque ni Ian ni Delilah iban a mencionar nunca que ella era un tigre más.

21 de enero de 2014

Mijs puede irse a tomar por culo

Estaba seguro de que me iba a matar un día cualquiera. También estaba seguro (seguro de cojones) de que no quería que eso sucediese. Pero nadie me tomaba nunca en serio cuando lo decía porque "Oh, Mijs, se te ven los huesos otra vez".
Espero que estés contenta, porque al final todo salió cómo tú querías, ¿verdad? Eso de venir a visitarme. Estaba claro que venías a reírte de mí y a decir "Te mueres. Te mueres. Te mueres" mientras yo seguiría gritando a las enfermeras que las vacas no deberían estar en la ciudad. No. No deberían. Ni tú tampoco.
El otro día te olvidaste de mí. Pensé que entonces sí que me estaba muriendo porque oh, si no es por ti resulta que nadie sabe que sigo vivo. Porque oh, porque porque.
Y tuviste todo ese morro de gritarme que "¿POR QUÉ TE HAS IDO?" y yo no me encogí de hombros ni me amedrenté sino que te respondí (también chillando) "TÚ ME LO PEDISTE" y te quedaste unos segundos en silencio. Tan callada como siempre. Pero sin los dedos en las teclas ni el bolígrafo contra el papel. En silencio de verdad. Pensé que quizás había llegado por fin mi hora (no quería, pero sabía que yo, a diferencia de Él. Yo. Ah, yo sí. Yo sí me podía morir en cualquier momento).
Muchas veces me preguntaste por qué lo odiaba tanto y por qué él me odiaba a mí. No sé responder a lo segundo, pero lo primero es porque Él siempre se queda y yo siempre me voy. (porque a Él no le importaría tener que irse y porque yo quiero quedarme).
Cuando te quedaste callada pensé que ya estaba todo dicho (y terminado). Que recogería mis cosas y que no volvería. Pero me dijiste "No, no" y yo pregunté "No, ¿qué?" y tú "No, no. Mijs, quédate" y yo, mira tú por donde, yo no pude negarme. Diría que me alegró que me lo pidieses pero du kannst mich mal. Tú me obligaste a irme, sin siquiera darte cuenta de que ya no estaba hasta que por casualidad "¿Y Mijs?" y oh, Mijs ya no estaba.
Sé que Él se está riendo ahora mismo y que nunca nunca debería hablar de Él porque no es así como esto funciona. Pero tenía que hablarte de Él y hacerte entender (y seguro que todavía no entiendes).
¿Y ahora me quedo? ¿Cuánto me quedo? ¿Me quedo de verdad o me iré sin hacer ruido?
No importa. Echaba de menos agrietarme los dedos en tu estúpido teclado.

19 de enero de 2014

—A veces me imagino que muero. Que pum pum y ya nada. ¿Entiendes? Que todo se acaba. Lo hago cuando me aburro y cuando no, casi siempre estoy solo cuando lo hago. Como cuando me masturbo. Quizás imaginar que mueres es como masturbarte. Un placer pequeño que no quieres compartir con nadie.

18 de enero de 2014

Morder los limones y yo

—Ey, ¿los limones también cagan?
Su me miró como si estuviese loco y yo no le vi por ningún lado la lógica a su reacción.
—Piénsalo. Por alguna parte tendrán que expulsar todo lo que comen.
—¿Lo que comen?
—Claro, no van a vivir del aire, ¿no?
—En realidad creo que sí lo hacen.
Me sorprendí tanto que se me escapó un poco de meado de las ganas que me llevaba aguantando durante cosa de una hora.
—Estás de coña.
—No. Se llama fotosíntesis.
—Estás de coña —repetí, todavía más convencido—. Fotosíntesis es eso de tener miedo a salir a la calle.
Su resolvió que estaba equivocado en tantos niveles que no se molestaría ni en tratar de corregirme. En lugar de eso asintió y me dejó seguir con mi filosofía.
—¿Entonces cagan o no?
—Creo que no.
—¿Hay un supermercado cerca?
A los diez minutos aparecí con una bolsa de limones en brazos.
—¿Tienes un cuchillo o algo a mano?
Podría parecer una pregunta estúpida y sin sentido, pero Su sacó del bolsillo interior de su chaqueta una pequeña navaja de envoltorio rosa. La cogí, sorprendido, y enarqué una ceja.
—No te pega —comenté, abriendo la red que envolvía los limones.
—¿Llevar una navaja?
—No, lo del rosa.
Saqué uno de ellos y lo inspeccioné con cuidado, no encontré rastro alguno de orificio anal, lo que resultó ser una decepción mayor de la esperable. Lo partí entonces a la mitad y me encontré con que contenía varias semillas.
—¿Crees que esto es la mierda? —pregunté, enseñándoselas a Su.
Ella negó.
—Creo que son los fetos.
—Ugh.
Apreté el medio limón que le había enseñado y me quedé observando cómo las semillas caían hacia afuera, atravesando el jugo con un “ploff” interesante que me recordó al “ploff” que hace la mierda cuando cagas, haciendo salpicar al agua hacia arriba —hasta rozarte las pelotas en un festival de lo asqueroso—. Nunca había estado en un parto, así que no sabía si el bebé también saldría rozando los huevecitos. Luego me di cuenta de que las mujeres no tenían huevecitos y me dije que las semillas no eran los fetos, sino los zurullos. Estaba más que claro por mucho que Su dijese lo contrario.
Cuando me miré la mano la tenía como con purpurina dorada, lo que me hizo sentirme una top model temporalmente.
—Oye, Su, ¿crees que sería guapa?
—¿Qué?
—Si fuese mujer —aclaré, con tono de obviedad—, ¿crees que sería guapa?
Se encogió de hombros.
—¿Cómo lo voy a saber?
—Venga, échale imaginación.
—¿Cómo sería yo si fuese un tío? ¿Estaría bueno?
—No soy maricón —me vi obligado a aclarar.
Ella se rió sin querer.
—Sé que no.
«Sabe que no», pensé como victoria secreta, apuntándome un tanto.
—¿Entonces yo sería guapa?
—No soy lesbiana.
—¿Pero sería guapa o no?
—Yo qué sé. Serías del montón.
—¿Pero del montón de guapas o del de las feas?
—Del montón a secas.
Suspiré con resignación.
—Pues vaya.
—Pásame eso.
Me pidió, señalando la otra mitad del limón que todavía no había tirado. Se lo lancé y lo cogió al vuelo, mordiéndolo.
Yo puse cara de asco y reprimí todos los “ughs” que se me amontonaban en un intento inútil de conservar mi masculinidad.
—¿Por qué cojones haces eso?
Ella tragó el zumo sin inmutarse.
—Me gusta.
—¿Por qué?
—Me arranco las pieles de los labios así que los tengo siempre rotos. El limón es ácido, hace que queme cuando lo muerdo.
—Joder, Su, eso es muy masoquista.
—No lo es.
—Lo es.
—¿Pega conmigo?
—Más que el rosa sí.

10 de enero de 2014

Las piezas y yo

Cuando llegué a casa me encontré a Ernie inclinado sobre la mesa del salón, tenía un montón de papelitos blancos esparcidos por ella y parecía realmente interesado en encontrar uno en concreto, a juzgar por su ceño fruncido y sus manos inquietas. Al acercarme más vi que no eran trozos de papel, sino piezas de un puzle. Todas en blanco.
—¿Y esto? —pregunté, examinando una por ambas caras.
—¡Eh, cuidado, tío! —protestó, quitándomela de las manos y colocándola de vuelta en el lugar que le correspondía—. Me ha costado mucho llegar hasta aquí.
Observé las diez piezas que había conseguido encajar en total y enarqué una ceja.
—Seguro.
Pero Ernie no prestó atención al sarcasmo con el que había bañado la palabra, sino que permaneció enfrascado en su tarea, como si cualquier cosa que yo pudiese hacer o decir careciese de interés —o de sentido, o de ambas—. Me encogí de hombros y busqué en la nevera un par de latas de cerveza, sólo nos quedaban cinco. Suspiré y abrí una mientras dejaba la otra sobre la mesa, cerca de Ernie.
—¿Cuál es la finalidad?
No obtuve respuesta, así que chasqueé la lengua con una de esas melodías pegadizas hasta que Ernie comenzó a continuar cantándola en voz baja y, entonces sí, se dio cuenta de que yo era el que emitía aquel sonido.
—¿Decías?
—Que cuál es la finalidad de eso —repetí, señalando al puzle.
—Encajar todas las piezas —contestó, con tono de obviedad.
Me tomé unos segundos para tratar de averiguar si me estaba vacilando o si de verdad me creía tan sumamente imbécil. Al final resolví que lo mejor sería no enterarme de la respuesta.
—Pero —dije, antes de darle tiempo a que volviese a ignorarme—, los puzles normalmente tienen un dibujo o algo, un cuadro que queda bien colgado en la pared, ¿cuál es la finalidad de hacer uno totalmente blanco?
—Encajar todas las piezas.

7 de enero de 2014

Del frío que saludaba pero nunca se quedaba

Tengo una amiga que pregunta. Pregunta mucho. Y se interesa por las respuestas. Lo sé, nadie se espera nunca que siga habiendo gente así, pero alguien habrá porque el mundo es muy grande y yo estoy muy cansada como para recorrerlo entero.
Hoy ha vuelto a preguntar. Y me ha dicho "¿Qué es para ti el frío?" y creo que ha venido porque justo antes yo había susurrado (tatuarse el frío en las costillas) y luego lo había susurrado otra vez en twitter y, creo, ella lo vio. Y me he quedado pensando porque pensar es algo que hago de vez en cuando y no está del todo mal.
Ahora mismo tengo frío.
Querer cazar es frío.

El frío nunca me ha recordado al hielo —tampoco a la nieve—. El frío nunca me ha recordado a.
El frío es una emoción. Como la tristeza o el arrepentimiento o emociones complejas —tan complejas que nadie podría sentirlas todas—. El frío es. Lo que quiero decir es que el frío te araña los huesos y hace temblar tus tripas y dices "No, no, está bien así" porque se supone que es algo normal y las uñas se te clavan en los muslos pero "No, no, está bien así".
Hablar de frío hacequequieraescribir así. Y pausas. Y luegotantas pausas queno sé. ¿El frío es el alientoentrecortado? Puede serlo —yo no diré lo contrario. Yo no diré que sí—. El frío es muy extraño. A veces el frío es (exhalar) el vaho que vaga vacío en el vasto universo y vagar con él. Otras veces el frío es una chimenea con sus llamas peligrosas y un chocolate caliente, y entonces el frío da calor hasta que la garganta arde —y sólo es posible porque tienes/estás/eres frío—.

—¿Cómo estás?
—Frío.

El frío es azul muy claro y quizás gris muy claro porque toda emoción se merece un color y un himno y también un lema y mil cometas con su nombre.
El frío es muy descuidado. Es una emoción descuidada y egocéntrica. Cuando hay frío sólo puedes pensar en ese frío y sólo puedes soñar con detenerlo y, en ese momento, todo lo que hay a tu alrededor pasa a no importarte porque no es frío. La mayor parte de las veces es posible ahogar al frío, pero ciertas personas se acaban acostumbrando demasiado a él —terminan por necesitarlo y rogar mil veces ante un espejo cubierto de escarcha— y esas personas son las que llevan el frío tatuado en las costillas. Entonces el frío sonríe, explota y las uñas se clavan más hondo (y arrancas trozos de carne y el aire congelado atraviesa los pulmones y "No, no, está bien así").
Yo siempre supe que el frío no era la nieve y que el frío podía quemar demasiado bien. También supe que le gustaba exhalar y luego ah, luego nada.

1 de enero de 2014

Feliz Año Nuevo

Y había un gran fuego, una hoguera, en mitad del bosque. Y silencio. Mucho silencio.
Y alguien dijo que había que quemar deseos y nadie respondió porque quemar deseos era lo único que habían hecho durante todo el año. Y desgastarlos. Y destruirlos hasta que sólo quedaban las cenizas. Y ya habían tenido bastantes cenizas para diez vidas.
Pero aun así recogieron los trozos de porcelana del jarrón de las cenizas y escribieron en papeles. En silencio. (Escribieron el silencio)
Y los arrojaron al fuego. Siguieron quemando deseos sin que ninguno de ellos hablase. Observando cómo los bordes se carcomían hasta que no había rastro de tinta ni de (...). Y el que antes había hablado entonces se arrepentía de haberlo hecho y trataba de no cortarse la lengua y abrasarla también (porque sus mejillas ardían con cada lágrima que no quería dejar caer pero tampoco podía evitar que se precipitase al vacío (el evento de caer)).
Los deseos se estaban muriendo pero a nadie parecía importarle. Y todos seguían mudos mientras el fuego se extendía por el bosque. Y pensaron "¿Arderá?" pero no hicieron nada para evitarlo (y ardió de muchas formas, pero no de la verdadera).
Y alguien dijo "Feliz Año Nuevo", pero no lo dijo, sino que se escapó su pensamiento y un murmullo rompió las cenizas y los golpeó. Y "Feliz Año Nuevo" respondieron mientras observaban las llamas. "Da buena suerte. Quemar deseos da buena suerte", y todos asintieron pero nadie se lo creyó.
Cuando los deseos dejaron de arder había un gran vacío en el interior.
Agujeros de balas que no podían cerrar.
Pero daba buena suerte.

27 de diciembre de 2013

La euforia y yo

Era euforia. Euforia entre barriles volcados que chorreaban gasolina y un cigarro entre mis dedos. La euforia del “¿A qué me muero? ¿A qué no?”. Y reír. Me reí tanto. Reía a morir. Y las venas me latían con fuerza, y mi corazón bombeaba con tanta rabia que creía que iba a estallar y me iba a perder el espectáculo de asistir a mi propia muerte. Menudo espectáculo. El mayor espectáculo jamás visto. “Nick Night, el increíble chico incombustible” y luego BUM, estallar hasta no dejar nada atrás. Arder en llamas y seguir riendo. Reír hasta quedarse sin aire, y luego seguir riendo. Más allá, mucho más allá si es que había un “más allá”. Y el cigarro que parecía que se resbalaba pero luego decía “No te vas a morir hoy, Nick, no así” y yo que decía “¿Por qué no?” y la voz de Su atrapada en mi cabeza como un bumbumbum que no dejaba de obligar a mis neuronas a gritar más fuerte. MÁS. MÁS FUERTE. GRITANDO.
Y la euforia de SU. PORQUE ERA SU. ATRAPADA EN MI CABEZA. ysisunoexistía. ysisunohabíaexistidonunca. nuncaexistido. NUNCA. PERO SU ESTABA ATRAPADA EN MI CABEZA. Y BUMBUMBUM.
El cigarro se resbalaba y yo decía que no, pero él decía “Ah, ahora sí, ahora ya te puedes morir, Nick. Así sí” y Su se reía en mi cabeza. Se reía con toda la euforia atrapada en su interior. Pero Su no tenía interior porque SU NO EXISTÍA. SU NO. NO ELLA. YO. siemprehabíasidoyo.
Y la euforia dejó de aplastarme el pecho. La gasolina y el cigarro envolviendo mi cuerpo. Pero ya no había euforia ni risas. Todo estaba en minúsculas, como un murmullo. Todo muy apretado, muy rápido, todo demasiado rápido.
sunoexistía. suno. nuncasu.
yyomemoría. sinreír. sineuforia. sinsu.

morir.

El no encender las luces y yo

Ernie y yo solíamos jugar a la ruleta rusa con las palomitas. Metíamos un paquete en el microondas y lo dejábamos un minuto más del necesario, hasta que no podíamos oír los estallidos. Eso hacía que más de la mitad de las palomitas saliesen completamente negras. Entonces nos tumbábamos en el sofá, apagábamos las luces y veíamos una peli lo suficientemente cutre como para que no nos diese pena perdérnosla. Nunca veíamos las pelis realmente, simplemente las dejábamos como ruido de fondo mientras hablábamos. Eso eran, una excusa para hablar. Y entonces, con el bol de palomitas en el cojín que había entre nosotros, íbamos cogiendo un puñado y comiéndolas a la vez, al principio en silencio. Luego nos encontrábamos con las que estaban chamuscadas y uno de los dos decía “Tío, joder, esta es la última vez que hacemos esto”, y siempre era la última vez que lo hacíamos así que nunca se terminaba. Y el otro se reía un poco, pero el siguiente puñado —o el siguiente, o el de después— que cogería también estaría quemado, así que haría una mueca y el primero se reiría entonces. Era un círculo interminable que terminaba con los dos riéndonos y muriéndonos del asco y buscando un poco de absenta entre los estantes con la que calmarnos —pero nunca calmaba, sino que lo empeoraba—. Y mientras comíamos palomitas chamuscadas hablábamos de nuestras cosas. Hablábamos mucho aunque ninguno dijese realmente que quería hablar. Era algo que ambos sabíamos y no hacía falta hacerlo obvio al gritarlo. De hecho eso habría roto la magia del momento.

Nunca me paré a pensar realmente por qué jugábamos a eso, quizás era por la sensación que te invadía cuando encontrabas una palomita en perfectas condiciones; pura, una de esas blancas, “la palomita virgen” y te la zampabas, rasgándole el himen o lo que tuviese. En ese momento un sabor salado e increíble te llenaba y decías “¡Una buena! ¡Sí!” y el otro te aplaudía y maldecía a partes iguales y tú te sentías bien hasta límites insospechados, como si el azar te hubiese recompensado, como si te hubiese dejado alcanzar el súmmum de la perfección: la palomita virgen.

Pero no creo que fuese esa la razón —aunque habría sido una muy buena razón, sin duda alguna—, en realidad creo que la verdadera razón era justo la contraria. La tragedia de encontrar una palomita quemada, que inunda tu boca con un regusto horrible que sólo te hace querer vomitar y parar el juego. Pero nunca paras. Y lo que no te detiene de seguir jugando no es la búsqueda de una palomita blanca, sino el horrible —el asqueroso— deseo de seguir encontrándote con más palomitas negras durante la noche. El poder regodearte en tu propio dolor, en tu propia mierda. Poder compadecerte de ti mismo y echar la culpa a cualquier otro menos a ti. O, mejor aún, echar la culpa al universo. Al paquete, al bol, a la palomita misma; al universo. Podías culpar al universo de todos tus problemas y sabrías que la culpa era suya, era realmente suya, porque tú no podías hacer nada para evitar que te tocase una palomita quemada.

Quizás sí. Quizás podías encender las luces y mirar cuáles estaban quemadas y cuáles no. O sacar el móvil y descubrirlo por el brillo de la pantalla. Pero nunca hacíamos eso. Ninguno de los dos. Porque hacer eso significaría romper las reglas del juego, la magia de no saber qué pasará después, la magia de culpar al universo.

Encender las luces despedazaría la ilusión de saber que nada es culpa tuya y también el amargo sabor del dolor. Siempre presente. Siempre aliviador.

El jugar a la ruleta rusa con palomitas. El hablar sin decirlo en voz alta. Otra burrada máxima.

19 de diciembre de 2013

De la escritura manuscrita (de la de verdad)


Últimamente me he estado llenando los bolsillos de la chaqueta con retazos de historias (con trozos de almas) y no sé por qué. Suele pasar en mitad de clase, cuando una frase me atraviesa el cerebro sacando toda esa pasta gris por la oreja izquierda y corro a agarrar el bolígrafo mientras trato de detener el desastre. Lo inevitable.
Y cuando escribo duele pero está bien. Es como cuando te clavas una aguja en la yema del dedo índice. Duele. Pero está bien (siempre está bien).
He descubierto que cuando escribo a mano duele mucho más, y también está mucho mejor. Y no puedo soltar el bolígrafo por mucho que escriba y las ideas van demasiado rápido y las palabras se amontonan antes de que pueda escupirlas en la hoja y tengo que gritar "¡Para! ¡Para!" pero nunca para.
Nunca he sido de escribir a mano. Me parece una pérdida de tiempo y ritmo. Un absoluto desperdicio. Algo para apuntar en la lista de "burradas máximas" que he comenzado a recopilar. La burrada de escribir a mano. Pero estos días lo único que hago es escribir a mano. Incluso durante los exámenes. Siempre pido un folio de más y lo lleno de palabras que no significan nada. De estómagos y vómitos y alcohol y tabaco (he vuelto a fumar). Y no sirve para nada porque sigo atascada en la pregunta dos del examen. Pero sí que sirve, porque la euforia hace que me ría en voz baja y me muerda los labios y duela pero esté bien. Así que termino antes el examen porque quiero continuar escribiendo.
Escribir a mano es como una revelación. Como dejar trozos de alma desperdigados en papeles que no sabes dónde acabarán (ni siquiera sabes si volverás a encontrarlos algún día).
Y quizás me gusta tanto escribir a mano porque es lo más parecido a ir soltando trozos de uno mismo por ahí.
Siempre he querido hacer una cápsula del tiempo pero nunca he sabido dónde enterrarla. Pero, ¿y si no la entierro? Sólo dejarla por ahí, en el banco de un parque y un poco en la acera del supermercado y junto a la máquina de café de la facultad. Y entonces alguien la encontraría y yo me daría la vuelta y fingiría que no sé qué es y que no me alegro de que alguien la haya encontrado.

Escribir a mano es la euforia de escribir.

La adrenalina de no tenertiempoparaabarcarlotodoyempezaragritar (¡GRITAR!) porquenosepuedeynotienesentido (ynadatienesentidoyaamor?).
Y escribir a mano es como destrozar la página en blanco y llorar porque duele, pero está bien (y hay demasiada sangre en ese blanco).

10 de diciembre de 2013

Solía ducharme con agua hirviendo con la vana
                                                                                                       esperanza
                                   de que eso ayudase a calentar mi corazón.

No funcionaba. Nada funcionaba nunca.
En lugar de un corazón caliente obtenía unas yemas arrugadas, una piel roja en vez de blanca nuclear y una factura del agua bastante importante.
Quizás Ernie tenía razón y era hora de que me buscase un hobby. O amigos. O un trabajo.
Quizás era hora de que me buscase un radiador.

                                                                                                                                                                                    ¿esperanza?

De esa mierda que llamáis «realismo sucio»

Últimamente hemos tenido el dudoso honor de asistir a toda una revelación de escritores que se declaran a sí mismos seguidores del realismo sucio. Bien, maravilloso. En serio, sería maravilloso si eso que afirman escribir fuese realismo sucio de verdad y no un par de párrafos mal hechos repletos de "coño" y "joder" que piensan que llegarán para crear a un Chinaski de la vida.
Pues bien. Pues no.
Lo siento pero paso de tragarme todo vuestro realismo sucio de mierda en el que sólo salen parejas adolescentes dándose piquitos en la biblioteca. Porque claro, como el chico viene de un barrio chungo pues ya es realismo sucio. Sí, y también es fantasía épica porque una vez fueron al museo y vieron una espada medieval. Venga y no me jodas.
Que de pronto parece que la gente sólo sabe escribir realismo sucio por esto de los blogs. Y digo en los blogs porque en el mundo real (que sí, el virtual también forma parte del real, pero para que nos entendamos todos) no encontrarás un libro de realismo sucio entre los más vendidos en tu puta vida. Que quizás es eso precisamente lo que ha atraído a tantos adeptos a esta corriente. Eso de irse de moderno y alternativo por ahí, diciendo que no sigues los dictados de una sociedad consumista y podrida. Pues muy bien otra vez. Toma un aplauso y una piruleta.
Y me estoy quejando. Y me quejo con el mismo derecho con el que esa gente se queja de que el mundo editorial es una mierda. Una pista: ninguno.
Me quejo porque me da la real gana y, que yo sepa, por ahora todavía puedo venir aquí a dar mi opinión porque para algo es mi blog y yo me lo guiso, yo me lo como.
Pero sobre todo me quejo porque están degradando ese ¿género? ¿corriente? Llamadlo como queráis. Lo están degradando hasta el punto que escribir sobre un par de porretas adolescentes cuya gran preocupación en la vida es que no la chica que les gusta a ambos no se folle a un tercero sea considerado realismo sucio. Que muy bien, que de ahí puede salir una historia magistral y darnos una lección a todos. Pero eso, de buenas a primeras, tiene lo mismo de realismo sucio que de cyberpunk.
Yo creo que todo esto viene por la peli esa de El club de la lucha. Donde la gente vio a Brad Pitt haciendo un buen papel y se les levantó la polla, diciendo "oye, qué razón tiene todo esto, joder, cuánta razón" y se vieron con ganas de cambiar el mundo. Toma esa, tanto para Palahniuk (en realidad creo que lo último que quería Palahniuk era motivar a la gente, pero allá vosotros). Y claro, los flipadillos de la vida empezaron a investigar y se dieron de bruces con esa novela y todas las novelas de este gran señor. Y cuando uno empieza a leer realismo sucio acaba, inequívocamente, leyendo a Bukowski.
Bukowski fue el culmen de liarla parda. Cuando uno se pasa toda su infancia y adolescencia (y también la no tan adolescencia) leyendo literatura de masas y un par de libros obligatorios en el colegio y descubre a Bukowski se lía parda. Es un hecho.
Ver que hay un tío que escribe sobre sexo y borrachos y personajes marginados que nunca llegarán a nada, y que encima no se corta un pelo, tiene que ser como ver la burrada máxima. Una revelación. Y uno dice "si él puede, yo también". Mec. Error. Bueno, no. Quizás puedas, no te lo niego, pero no así.
El realismo sucio es pajearte mientras ves a tu hermanastra cambiándose a través de la mirilla del cuarto, y que te pille tu padre (que es su padrastro), te dé una colleja y empiece a pajearse él en tu lugar.
El realismo sucio es ver a un mendigo tirado en la puerta de un banco, bajarle los pantalones y empezar a darle por culo con todas las ganas del mundo (o a comérsela, tanto monta monta tanto).
El realismo sucio es algo más que un magreo entre clase y clase.
Me parece estupendo que se escriba realismo sucio, pero que se escriba bien.

8 de diciembre de 2013

La conspiranoia y yo.

Yo nunca entendía nada. Según Ernie nadie nunca entendía nada y la palabra "entender" era un truco, una ilusión creada por las multinacionales y la CIA para hacernos creer que teníamos el control sobre algo. Cuando le comenté que "entender" existía desde siempre (creo que dije desde Grecia, pero no estamos aquí para juzgar mi estupidez, gracias) él dijo que "eso era lo que ellos querían hacernos creer". Para Ernie "entender" siempre tendría ese tono conspiranoico, como las bolsitas de papel marrón del McDonald's o los triángulos dibujados en muros por respetables culos blancos que querían hacerse los negratas molones sin tener ni puta idea de dónde se estaban metiendo. Obviamente yo tampoco la tenía, pero había visto las suficientes veces Pulp Fiction como para hacerme una ligera idea.
Recuerdo que cuando le comenté a Su que qué pensaba sobre la teoría de Ernie no se rió, me habría esperado que se riese porque Su era la clase de chica a la que las teorías sobre alienígenas y gobiernos secretos le parecían tan absurdas que se reía en tu cara, te escupía y te decía lo gilipollas que le parecías. Todo con la máxima sinceridad, eso sí.
Pero cuando le comenté la teoría de Ernie, no se rió.
—¿Es que tú también te tragas eso?
—No seas ridículo.
—¿Entonces? ¿Qué has tomado hoy, Su?
Me miró con cierto desdén y bufó, se concentró en examinar los escalones en los que estábamos sentados, con las manos en los bolsillos y la chaqueta subida hasta el cuello.
—Si lo piensas bien nadie entiende nunca nada.
—¿Tampoco entiendes que dos más dos son cuatro? —comenté, con burla.
—No.
Su tono lapidario me dejó un poco como bastante cortado, enarqué una ceja y la invité a que continuase explicándose con un movimiento de barbilla.
—Lo sé. Sé que dos más dos son cuatro. Pero no entiendo por qué. ¿Por qué se llama "dos" al número "dos" y "cuatro" al "cuatro"? ¿Por qué no son tres más tres cuatro?
—Creo que tiene que ver con eso de la etimología.
—No me refiero a eso.
—¿Entonces a qué te refieres?
—A que no entiendo por qué tenemos esa concepción del mundo. Si yo no hubiese ido al colegio, si no hubiese tenido padres ni visto la televisión. Si hubiese vivido siempre perdida en el bosque posiblemente seguiría sin entender por qué dos más dos son cuatro, y entonces ni siquiera lo sabría.
—Claro. El gobierno nos hace creer que controlamos las sumas básicas para poder lavarnos mejor el cerebro.
—Eres un imbécil, Nick.
Me encogí de hombros, lo que fue algo así como un "pues sí" bastante claro. Froté las manos. Me estaba helando de frío. Me pregunté si realmente entendía lo que significaba helarse de frío porque nunca me había encontrado en el extremo de helarme de frío literalmente. Miré de reojo a Su, vi una sonrisa atrapada entre sus labios enroscados alrededor del cigarro. Supe que ella había ganado una vez más. Yo no entendía nada. Nadie entendía nada.
"Maldita Su", pensé, "y maldito Ernie".
Y a los diez minutos estaba buscando en periódicos antiguos anagramas o pistas que tuviesen que ver con una raza de extraterrestres que vivía en la luna y tenía trancas violetas de dos metros y medio. No estoy bromeando. Son así. Lo son.

1 de diciembre de 2013

Invierno (I).

Después de las ruinas sólo quedaban ladrillos rotos con los que comenzar nuevas vidas. Después de las ruinas, las excusas sobre el no hacer nada y el no querer vivir fueron relegadas al olvido y dejaron de ser válidas. Después de las ruinas, los corazones cansados tuvieron que continuar latiendo, aunque no quisieran hacerlo.
Ian llevaba cinco años en la Marina, y posiblemente seguiría allí toda su vida.
Tras la primera semana, sus vecinos dejaron de preguntar por él; tras el primer mes, el contacto con aquellos que había considerado sus amigos se redujo a una llamada telefónica cada cuarenta o cuarenta y un días; tras el primer año, lo único que lo mantenía anclado a la realidad era el frío tacto del metal de su litera.
—¿Un poco de ron, Ian?
—No, gracias.
Sacudía la cabeza y se metía bajo las sábanas. Sus compañeros bebían en la habitación contigua y reían contándose historias que jamás llegaron a suceder, pero que todos aceptaban como verdades absolutas en aquel trozo de agua en el que se veían obligados a convivir. El frío solía aferrarse a sus huesos sin intención de querer irse y entonces él tiritaba y frotaba las manos con fuerza, como si eso fuese a ayudarlo de alguna forma. Nunca ayudaba.
Por la mañana, Ian desayunaba una masa pastosa de cereales y agua. Al mediodía también era su comida, y por la noche su cena. El gusto dejó de tener significado para su paladar cuando entendió que no había nada que pudiese hacer para conseguir cualquier otro alimento.
Las tallas de su uniforme bajaban con tal rapidez que se había visto obligado a hacer mucho más ejercicio que el que su propio cuerpo estaba dispuesto a permitirle, tratando de mantener un poco de músculo que no lo hiciese parecer un trozo de madera ataviado con un mono gris azulado. No obtuvo muy buenos resultados y el sudor nunca le había agradado, pero al menos entraba en calor por un rato.
—¡Eh, mirad esto! ¡A Miles acaban de enviarle un vídeo!
Cuando alguien recibía algo importante del “mundo exterior” —Ian había comenzado a pensar que se encontraban atrapados en otro planeta— la tradición decía que todos se reunirían para verlo y sentirse un poco menos solos, aunque fuese a través de los sentimientos de otra persona. Aunque todo fuese tan patético y necesario.
Ian se inclinó sobre la pantalla del ordenador que su superior le había dejado a Miles para que viese el vídeo que le enviaban. Comenzaba con la cara de un bebé en primer plano, el niño balbuceaba y parecía no aclararse demasiado con la cámara. Miles recibía codazos y risas cómplices, pero sus ojos sólo mostraban tristeza. Por mucho que sonriese.
Se escuchaba una voz femenina de fondo.
—No, cariño, no funciona así. —Estaba cargada de cariño y ese sentimiento tan cálido que hacía que todos tiritasen un poco menos—. Ponte aquí, mira, a ver cómo. —Recogía al niño y se lo ponía sobre el regazo, era una mujer bella, morena y con la misma tristeza de Miles en los ojos—. ¿Saludas a papá? ¿Quieres saludarlo?
El bebé se quedaba un rato en silencio y luego agitaba la cabeza con insistencia, casi como si hubiese estado tratando de comprender el profundo significado que guardaban todas aquellas palabras. «Papá. ¿Papá? Papá… El hombre de las fotos. ¿Papá? Papá está lejos. ¿Saludarlo cómo? ¿Está al otro lado? ¿Esto sirve para hablar con papá? ¿Papá? ¿Qué hombre era papá?». Y luego movía la mano y repetía «Papá, papá» una y otra vez. Y los ojos de Miles tenían una tristeza más profunda porque notaba que aquella voz no sabía dibujar su rostro.
La mujer no mencionó los problemas que estaban teniendo para poder pagar las facturas, ni cómo su hijo había comenzado a preguntar por qué todos los otros niños hablaban de su padre y él iba a recogerlos a la guardería y se cogían de las manos y se sonreían tanto. Tampoco mencionó cómo poco a poco había comenzado a apreciar la ayuda que el dependiente de la frutería les había estado tendiendo, dándoles manzanas gratis y regalándoles barras de pan que compraba para ellos —tampoco le contó aquel beso furtivo en el almacén ni cómo sus dedos le recorrían la cara y los labios—. En cierto modo, Miles podría haberse imaginado todo aquello, y lo había imaginado muchas veces, pero ambos fingieron que esa posibilidad no existía y el niño seguía hablando sobre un «papá» que no recordaba haber visto nunca y de pronto se echaba a llorar porque pronto sería Navidad y él echaba de menos los juguetes nuevos y las cenas con alguien más que con «mamá». Mamá al menos tenía un significado, mamá al menos existía en su mundo. Y el corazón de Miles sentía que iba a hacerse pedazos en cualquier momento, pero aguantaba. Aguantaba con todo el dolor del mundo atrapado en sus venas, pero aguantaba.
Y las palabras cálidas lo inundaban todo. Cálidas y distantes, como procedentes de un amor fuerte, que siempre estaría allí, pero que había comenzado a desgastarse por el paso del tiempo y la lejanía de todo. Por lo distintas que eran las cosas en el mundo exterior y en aquel enorme barco a la deriva en el Océano Pacífico.
Cuando el vídeo terminó, todos miraron a Miles. La tristeza también había dejado agujeros de bala en sus palabras, que se despedían de su compañero con bromas truncadas y expresiones de ánimo. Todos desearon tener a alguien allí fuera como tenía Miles —algunos, de hecho, lo tenían—, pero al mismo tiempo lo temían con todas sus fuerzas. Ian estaba convencido de que era mejor no tener a nadie, porque de aquel modo no tendría que sufrir el estar tan alejado de todo, el ser sólo un nombre sin rostro o un rostro en fotografías antiguas, pero sin nada más debajo de su piel.
Aquella noche, Miles vio el vídeo una y otra vez, revisando cada gesto, cada palabra y cada mirada. Se quedó dormido sobre el ordenador y el teclado amaneció húmedo, Ian juraría que habría estado también salado.
Ian había visto a Miles leyendo a escondidas cuentos infantiles en su litera. Sacaba un libro con los bordes amarillentos y las páginas descolgadas. Lo hojeaba tantas veces que Ian creía que ya se lo sabría de memoria. Y lo hojeaba hasta quedarse dormido. Desde que vieron aquel vídeo la lectura del libro pareció cobrar sentido, aunque en realidad Miles no tuviese nunca a nadie a quien leérselo. Ian suponía que imaginarse cosas que en el fondo se sabían imposibles era el único modo que Miles tenía de no usar el cuchillo de la comida contra su propia muñeca. Y él no se vio nunca con fuerzas ni intenciones para hacerle recapacitar, para decirle «Miles, ¿a quién cojones le estás leyendo?» y entonces verlo romperse, estallando, en tantos pedazos que sería imposible recomponerlos todos de nuevo. Y todos sus compañeros pensaban igual.

      De modo que Miles leía una y otra vez los mismos cuentos y repasaba los dibujos con sus dedos callosos, pero nunca sonreía. Ni por un solo segundo.

13 de noviembre de 2013

De las mil palabras valiendo más que una imagen

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero lo que no dicen —lo que siempre se callan— es si verdaderamente hay alguien dispuesto a describir algo con mil palabras. Yo creo que sí hay gente así, y que, si un escritor quiere, puede transmitir mucho más con sus mil palabras —puede contar las sonrisas rotas y las grietas en la piel—. Mil palabras dan para mucho, con mil palabras se pueden recomponer vidas o estallar por completo corazones de hielo y cristal. Dicen, también, que con mil palabras incluso se puede llegar a contar algo.
Hoy he pisado la primera escarcha del otoño. Las hojas todavía siguen en los árboles pero las botas ya crujen cuando caminan por la acera. En realidad ya parece Navidad —faltan sus luces y su calidez, porque una Navidad fría no es Navidad—.
(El invierno es frío, la Navidad no.)

Últimamente dicen muchas cosas sobre los escritores, como si alguien que no teje pudiese hablar de patrones, y dicen que tampoco tiene tanto mérito, que tampoco es para tanto. Y yo vuelvo a pensar en las imágenes valiendo más que las mil palabras y niego con la cabeza y me tapo con dos mantas más.
No creo que sea buena idea escuchar cosas que no quieres oír, pero creo que es necesario para que realmente te des cuenta de lo que piensas —sí, de lo que piensas tú— y yo pienso que mucha, muchísima gente, sería capaz de escribir una novela entera a partir de una foto —o un gif, los gifs que calman como un chocolate caliente— y que esa novela diría muchas cosas más.
¿Por qué no escribirla?

¿Por qué no convertirse en lobo y aullar a la nieve?

28 de octubre de 2013

De cómo se gestó un reloj.

Hacía mucho tiempo que un tal Mattias, el Harapiento, rondaba mi cabeza; era un niño medio muerto que transitaba el puerto de Helsinki —y que a qué viene esa manía mía con los puertos—. Era un niño que caminaba por tejados y se llevaba bien con una prostituta, una tal Anneli de la que apenas sé nada. El otro día hice un relato sobre un tal Levi, el Apestoso. Y observé que se llevarían bien porque ambos robaban en los mismos lugares y ambos necesitaban un fuego en el que intentar no morirse. Así que los dos terminaron por ir a parar a casa de Caligo. Caligo era el nombre de la chica que tenía ojos de búho y alas muy muy finas —o al menos ella las llamaba así—, recuerdo cuando Mijs me la presentó y me dijo "Esta es Caligo, tiene diecinueve años pero las risas se le atragantan como si tuviese cinco. Le gustan las mariposas" y yo me lo creí y pensé que nada malo podría salir de allí. Y me encuentro con que Mattias y Levi están en su casa y que su casa es un gran almacén abandonado, lleno (¡repleto!) de relojes rotos y engranajes que chirrían sólo con soplarles. Y pienso que tienen una historia que contar —y una historia que debería escribir—, pero siento que falta algo, lo sé.
Es entonces cuando Páginas agita un poco la cabeza y todo ese fulgor que siempre irradia cae sobre mi teclado, y me cuenta que hace mucho que no ve a Peter, y que, cuando se fue para hacerse mayor, la isla asesinó corazones por él. Y sé que Páginas no quiere que sea así, que no sabe que Peter ya está muerto y que no es consciente de que su tiempo ya pasó. Y se cuela, se cuela sin que pueda hacer nada, se cuela en el almacén de Caligo y se conocen.
Y, ah, sí, al fin sí, allí se creó una buena historia.